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Durante el curso 2021-22 a mi hija Aina, estudiante de 1º de Bachillerato ese año, le pasaron en su instituto un test sobre estilos de aprendizaje, durante la hora de tutoría semanal que dedican a técnicas de estudio, con el objetivo de "que cada uno de vosotros adaptéis vuestra manera de estudiar en lo posible a vuestro estilo de aprendizaje, así aprenderéis más y mejor" (obviamente este entrecomillado no es exacto, pero sí el mensaje que se les dio).

 

Parece que no hay manera de quitarnos de encima uno de los mitos sobre educación más duraderos del último siglo, por más que se insista en que no hay nada detrás de esta etiquetación del alumnado que propone este modelo. Una pérdida de tiempo absoluta, sin ningún tipo de aval científico, que sigue haciendo su agosto en nuestro sistema educativo (y el de muchos otros países) asegurando su permanencia en él porque funciona perfectamente...a nivel intuitivo.

 

Pero mejor vayamos por partes.

 

Los estilos de aprendizaje afirman que cada alumno tiene una manera de aprender la información que se da en el aula. El modelo más conocido es aquel que habla de estudiantes visuales (a los que una presentación en powerpoint o unos gráficos les va a ayudar más que nada en el mundo a entender la explicación del profesor), los estudiantes auditivos (haga lecturas en voz alta, dé instrucciones verbales...) y los kinestésicos (que toquen, que se muevan...); hay varias cuestiones antes de empezar con ello. Conocer, por ejemplo, cuántos modelos de estilos de aprendizaje existen. Porque sí, existen unos cuantos. Vean la siguiente tabla:

 

Primer problema: ¿qué modelo de estilo de aprendizaje escojo? Parece claro que si opto por el modelo más popular (también el intuitivamente y conceptualmente más sencillo de entender y digerir) que es el VAK, puedo estar obviando a mis alumnos convergentes (método Kolb) o humanitarios (Herrman Brain Dominance). Si se trata de adaptar la enseñanza al estilo de cada alumno, ¿cuál escojo, cuál aparto? ¿Cuántos visuales, auditivos y cinestésicos se encontrarían en un hipotético grupo de reflexivos (modelo Honey-Mumford)? Si llegados a este punto (¡y todavía estamos al principio!) no les asaltan las dudas, vamos a subir la apuesta. Estos 4 modelos de la tabla anterior son una pequeña representación de los modelos de estilos de aprendizaje con los que contamos...¡de un total de 71! Sí, lo leyeron bien: 71 modelos de estilos de aprendizaje. ¿Cuál de ellos funcionará?

 

Cuando un modelo está basado en una elucubración teórica, sin respaldo empírico alguno que la sustente, este suele ser el resultado. Un, digamos, "invente su propio modelo" que tiene poca o nula sustentación en la realidad del aula, el sitio al final en el que debemos desempeñar mayoritariamente nuestra labor docente (bueno, añadiremos que, en este caso, salir del aula tampoco va a mejorar el rendimiento de esta propuesta). La existencia de miles de artículos, webs, libros, ponencias a favor de los estilos de aprendizaje no garantizan para nada su validez. Y la extensa evidencia con la que contamos a día de hoy no ayuda a creer en ella.

 

Pero no acaban aquí nuestras tribulaciones. Aceptemos por un momento "hipopótamo" como animal de compañía. Escojamos un modelo y tiremos adelante con él. Siguiente paso: identificar el estilo de aprendizaje de cada alumno. Llegamos a los consabidos test. Sin homologación alguna, estos campan alegremente por doquier. El mismo que hizo mi hija, como expliqué al principio, y que no pude resistir la tentación de hacer yo mismo, es un test con muchas preguntas sobre nuestras preferencias a la hora de (no sabría bien cómo expresarlo) relacionarnos con el entorno. De allí nos sale una puntuación final que nos indica si somos visuales, auditivos o cinestésicos. Y cierto es, los seres humanos tenemos PREFERENCIAS a la hora de escoger de qué manera CREEMOS que aprendemos mejor. Lo que pasa es que la evidencia, contumaz e inflexible al menos en este apartado, nos indica que eso NO mejora nuestra manera de aprender, incluso puede perjudicarla. En un estudio donde se preguntó a un grupo numeroso de alumnos por sus preferencias de estilo de aprendizaje, se les separó de manera que en el Grupo A, se les hizo aprender siguiendo estas preferencias (esto es, aquellos alumnos que se consideraban visuales se les dio un aprendizaje visual y así con los auditivos y cinestésicos); en el grupo B prescindieron de la información, o más bien la utilizaron para dar la enseñanza con un estilo de aprendizaje diferente al de su preferencia. ¿Resultados? Los del grupo B aprendieron más que los del grupo A.

 

Entonces, ¿qué está pasando aquí?

 

Más allá de las consideraciones de tipo empírico que hemos relatado, los estilos de aprendizaje centran el objeto del aprendizaje en el alumno, etiquetándolo en una cómoda parcela e impidiéndole recibir la información desde otras perspectivas que pueden resultar mucho más eficaces. ¿Y cómo saber cuál es la manera más eficaz? Pues centrándonos en el objeto de aprendizaje, no en el estilo de nuestros alumnos. Si prestamos atención a qué enseñamos, eso nos da toda la información necesaria para atacarlo desde la óptica idónea. Pongamos un ejemplo: Imagine que trabajamos con un proyecto con niños de 6 años sobre el perro. Nuestro objetivo es que reconozcan diferentes razas de perro. Bien, preguntémonos: ¿Cuál será la manera más eficaz de conseguir ese objetivo? Escojamos:

 

1- Les mostramos diferentes imágenes de perros de distintas razas mientras leen el nombre de las razas (estilo visual).

 

2- Les ponemos audios de ladridos de diferentes razas y les vamos nombrando el nombre de las razas (estilo auditivo).

 

En ESTE caso parece lógico que la opción 1 tiene muchas más posibilidades de conseguir el éxito. El objetivo de lo que queremos que aprendan marca claramente cuál debe ser el canal que utilice principalmente. ¿Quiere decir esto que he de prescindir de la segunda opción? Pues no necesariamente. Y aquí viene lo mejor de todo el proceso. A pesar de que el peso para conseguir este objetivo debe recaer en el ejercicio 1, poder hacer una actividad como la 2 puede enriquecer el proceso de aprendizaje; dicho de otro modo, atacar un aprendizaje utilizando todos los canales sensoriales posibles va a ayudar a conceptualizar mejor ese contenido. Y es que los maestros debemos ayudar a crear significados en nuestros alumnos. Solo lo que tenga significado garantizará un aprendizaje profundo y duradero y se convertirá en unos conocimientos previos auténticos sobre los que edificar el siguiente piso en este interminable edificio que es el aprendizaje. Eso sí, los "reflexivos" y "acomodadores" deberán seguir esperando...

 

Los estilos de aprendizaje nos dan una falsa sensación de control y seguridad que no nos hace llegar a la meta prometida, es decir, a aprender mejor. Su persistente existencia entre nosotros dice más de la brecha que sigue existiendo entre la investigación científica y la escuela que (casi) cualquier otra consideración. Hace décadas que tenemos fichados a los estilos de aprendizaje, pero siempre encuentran una brecha en el sistema para conseguir la condicional y seguir apareciendo en ciertos planes de estudios donde impartir "técnicas de estudio" con la promesa que esta vez sí, funcionarán. No, no lo harán. Y seguiremos perdiendo un tiempo precioso en vez de centrarnos en el objeto de aprendizaje que nos proporcionaría resultados reales y no promesas vanas e infundadas.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Coffield, F., Moseley, D., Hall, E., & Ecclestone, K. (2004). Learning styles and pedagogy in post-16 learning: A systematic and critical review. London: Learning and Skills Research Centre.

 

  • Álvarez-Montero, Francisco & Leyva-Cruz, María & Moreno-Alcaraz, Flérida. (2018). Learning Styles Inventories: an update of Coffield, Moseley, Hall, & Ecclestone’s Reliability and Validity Matrix. Electronic Journal of Research in Educational Psychology.

 

  • Rogowsky, B. A., Calhoun, B. M., & Tallal, P. (2015) ‘Matching learning style to instructional method: effects on comprehension’, Journal of Educational Psychology, 107 (1) pp. 64–78.